miércoles, 18 de junio de 2014

Séance


La multitud de velas que escupen diminutas llamaradas hacia el cielorraso no alcanzan a iluminar el lúgubre ático. Me gusta así. Siempre me sentí cómodo en esta habitación de porquería, con sus estanterías repletas de ornamentos empolvados y textos arcaicos; con las vidas enteras de seres humanos entregadas a la naturaleza, contenidas en pilones de cajas que se consumen en un cóctel venenoso de moho y humedad; en compañía de los bichos que fabrican sus hogares de seda en los rincones más insólitos. Aquí, en el centro del pentagrama desprolijamente trazado con tiza blanca en la baldosa, me siento yo mismo. Está todo en su lugar, como todas las noches: El mazo de cartas de tarot, la copa de vino que me robé de la alacena, los caracteres de la “A” a la “Z”, del “0” al “9”, y el “Si” y el “No” escritos en tarjetas y ordenados minuciosamente, y el cuaderno donde documento todo. No, por supuesto que nunca se lo mostré a nadie. Y si tuviese a alguien a quien mostrarle estas cosas, no creo que estaría haciendo lo que hago. Los fantasmas son más amigables que las personas, me gusta repetirme a mí mismo.
          
          A fin de cuentas lo hice. Nunca pensé que me animaría; pero aquí estoy, mirando lo que solía ser mi cuerpo, brutalmente perforado en la frente por un proyectil de plomo, descansando al lado del revólver. No siento nada. Veo las hojas de los árboles danzar, pero el viento no me pasa por el cuerpo. No registro mis propios pies en el frío pavimento. La leve llovizna que ha empezado a caer del cielo me atraviesa y las gotas se estrellan contra la calle justo debajo de mí. A medida que un grupo de mortales se abalanza con urgencia sobre mi inerte figura de carne y hueso, la confusión se adueña de mí. ¿Alguien puede verme? ¿Hay alguna presencia con la cual hacer contacto? ¡Que dé la cara cualquier espíritu que se encuentra en esta habitación! Hace dos horas que intento establecer comunicación, pero no hay señal de nada. Es como si las almas se estuviesen doblando de la risa en mi cara.

Rompí la copa en un acto de desesperación y tuve que escabullirme a buscar una nueva. No mama, no pasó nada, se me cayó un adorno, nada más; ese vaso de tequila que habías comprado en un lugar de suvenires de Acapulco, ni siquiera recordabas que lo teníamos. ¡No, no subas! ¡Ya limpié! Ella no puede ver esto. No lo entiende. Nadie lo entiende. Mi diálogo con el más allá es un enigma para todos los mortales ignorantes. ¿Están ahí? ¡Aquí estoy! Agito mis brazos, sacudo una rama que encuentro en las cercanías, pero aquel grupo de alegres camaradas agitando botellas de alguna burda mezcla casera no parecen percatarse. Compartimos espacio físico, pero su dimensión es un alegre prado de reunión, la mía un desolado páramo donde solo me platican mis propios pensamientos melancólicos.

En la penumbra de este frío crepúsculo invernal, ya uno más de varios que me ha tocado presenciar desde que abandoné el plano existencial, la soledad crece, el aislamiento persiste. Podría jurar que un gato me clavó la mirada ayer, pero admitirlo sería dejarle la puerta abierta al delirio. Ya han pasado un par de semanas desde que intenté hacer contacto. Creo haber perdido todas las esperanzas y lo único que me impulsa a probar una vez más es una sensación casi mecánica de rutina, como aquel hombre que se pierde por años en un ardiente desierto y cuando ya no puede despertarse cada día ilusionado con que aquel podría ser el día que fuese rescatado, se limita a seguir viviendo, simplemente porque no tiene nada que perder. Eso precisamente, se ha vuelto algo así como instintivo, subir al ático todas las noches después de mis padres conciliar el sueño, a tantear de vuelta con lo oculto bajo la tenue luz de la flama. Revolear la copa, juguetear con las cartas, ¿Quién está aquí, preséntese? Dibujar formas aleatorias en mi cuaderno, esperando con suerte ser poseído por algún demonio de trazos esquizofrénicos ¡En el nombre de Dios, da la cara, espectro! Nada. ¿Por qué no acuden a mí? ¿Qué más quieren? He entregado mi cuerpo y mi vida a ellos, cada día más, pero esperar hace de una alternativa antes drástica algo perfectamente viable.

Si mato a ese vagabundo su alma me hará compañía. Lo empujaría a la calle al pasar un auto, o lo noquearía con la rama de un árbol. ¡¿Pero qué estoy pensando?! No, no puedo condenar a otra alma a este turbio destino de eternidad taciturna. ¿Esto es para siempre? No puedo pensar otra cosa que en una existencia perpetua en este limbo de abandono. ¿Estaremos todos destinados a este horrible final? ¿O es acaso esto un castigo de Dios? Podría haberme arrojado a las abrasivas llamas del infierno, pero en cambio estoy aquí, expuesto a un frío punzante que ni siquiera siento. No hay nada que desearía más que sufrir este frío, que sentir mi gélida piel buscando calor, que sentir la presencia de otros seres en esta vacía calle, que aquellas inmundas cartas pronuncien palabras y me muestren de una vez por todas que hay detrás de esta espantosa subsistencia, y me haga darme cuenta de que nunca tendría que haber cruzado al otro lado, ¡De que la vida es preciosa! ¡La vida no vale nada! En soledad es solo un viaje insignificante, en el que el pecho arde de impaciencia y desesperación por encontrar algo que nunca llega. El fuego de las velas se extingue poco a poco y con la llegada de otra madrugada el viento helado se esparce por los huecos de las ventanas, y yo espero. Espero algo que jamás se presentará. Cuando algo no viene a uno, el llamado de uno ir a buscarlo. Si tan solo supiese donde encontrarlo, si tan solo supiese como salir de esta horrible condición en la que yo mismo me metí al venderle mi vida entera al diablo por una chispa de impulsividad momentánea. El revólver de mi padre debe estar en el galpón del patio.

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